VIDA Y MUERTE: LA ELECCIÓN QUE DEFINE NUESTRO DESTINO ETERNO
Автор: Responsables con Dios
Загружено: 2026-02-21
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LA DISTINCIÓN ESENCIAL ENTRE EL BIEN Y EL MAL: FUNDAMENTO DE LA MORAL DIVINA
La primera Verdad que se establece con firmeza inquebrantable en Deuteronomio capítulo treinta, versículo quince, es que existe una distinción real, objetiva y absoluta entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio. Esta afirmación, que podría parecer elemental incluso para los incrédulos, constituye, no obstante, el fundamento sobre el cual se erige toda la estructura de la moral bíblica y la Justicia Divina. Quien no reconoce esta distinción fundamental es indigno no solo de llamarse cristiano, sino de considerarse un ser verdaderamente pensante y racional.
Aun estudiosos del comportamiento humano reconocen que la Ley Moral no es una invención humana ni un mero convenio social establecido arbitrariamente; es, más bien, un conocimiento que está profundamente arraigado en la naturaleza misma del hombre. Esto lo explica magistralmente el Espíritu Santo a la Iglesia en la Epístola a los Romanos capítulo dos, versículo quince, cuando, refiriéndose a los gentiles que no conocen la Ley escrita, declara: “que con sus vidas demuestran que la Ley está escrita en sus corazones; dando testimonio sus conciencias, pues sus pensamientos conflictivos algunas veces los acusa y otras los defiende”. Aquí vemos claramente cómo Dios ha inscrito en la constitución misma de la humanidad un testimonio de Su voluntad moral.
Por tanto, la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto no es cuestión de opinión personal o preferencia cultural relativa, sino un reflejo del Carácter Eterno e Inmutable del Creador. La conciencia humana, aunque manchada por el pecado y frecuentemente suprimida por los deseos desordenados de la carne, aún retiene suficiente Luz para distinguir entre lo meritorio y lo censurable. En el corazón donde hay temor de Dios se observa que “el carácter es poder; y el que forma un buen carácter —dominio propio— se equipa con una fuerza mayor que cualquier otra”. El cristiano ha de estar consciente de que: nuestro carácter moral refleja —o contradice— la imagen divina que hay en nosotros.
Por eso difícilmente verás al ladrón reconocer públicamente que roba, porque incluso los hombres más impíos se ofenden profundamente cuando son llamados por lo que realmente son, y desean tanto como sea posible parecer mejores de lo que son, cubriendo sus acciones deshonestas con una apariencia digna de aplausos. Este mismo hecho demuestra, de manera irrefutable, que la naturaleza humana aprehende de manera implícita que algunas cosas son dignas de alabanza mientras otras merecen reproche y censura. Conocemos por experiencia propia que “aun cuando el hombre se deleita en el mal, no se siente cómodo gloriándose del mal mismo, sino que busca justificación para él, lo cual demuestra que conoce lo que es bueno y lo que es malo”.
Esto se explica debido a que la imagen de Dios en el hombre, aunque severamente desfigurada y distorsionada por la caída en el Edén, no ha sido completamente borrada ni erradicada. Permanece en nosotros un testimonio suficiente de la Gloria de Dios y de Sus exigencias morales, de manera que nadie puede excusarse legítimamente de su responsabilidad en las cosas que hace y en las que consiente hacer a otros. Si a esto agregamos el hecho revelado de que Dios es infinitamente Santo en Su esencia misma, estamos avisados de que Él no puede ser indiferente al bien y al mal, porque Su misma Naturaleza es la norma absoluta del bien, y todo lo que se opone a Su Carácter es, por definición necesaria, malo y corrupto.
Esta comprensión profunda de la Verdad Revelada eleva nuestra concepción de la moralidad desde el elemental legalismo —que se contenta con cumplir reglas externas— hasta un encuentro transformador con la Santidad Personal del Dios Vivo. No se trata sencillamente de evitar transgresiones o cumplir mandamientos, sino de alinear nuestro ser entero con el Carácter del Creador, quien “es demasiado limpio de ojos para ver el mal, y no puede contemplar la iniquidad”, como declara el profeta Habacuc. Por consiguiente, nuestra vida moral no es un ejercicio autónomo de voluntad humana, sino una respuesta necesaria a la revelación del Dios que es tres veces Santo.
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