РЕЧНОЙ РАЙ // Спуск в глубь Венгрии
Автор: Gustavo
Загружено: 2025-08-18
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No todo viaje en tren tiene un propósito claro. A veces se parte con una dirección vaga, como quien sigue una línea dibujada sobre el mapa sin más pretensión que dejarse atravesar por el país.
Así comienza el recorrido desde Veszprém hacia las tierras bajas del sur de Hungría, un trayecto que no figura entre los recomendados por los catálogos turísticos, pero que ofrece una de las visiones más honestas del corazón húngaro: su llanura, sus ritmos antiguos, sus ciudades fluviales y sus trenes que no se apuran.
Desde Veszprém, el tren desciende hacia el sur, dejando atrás las colinas del Transdanubio para adentrarse en el territorio cálido y abierto del Alföld. El aire cambia. Las estaciones se vuelven más planas, más silenciosas.
En los pueblos intermedios, el tiempo parece dilatarse: se ven jardines sin valla, tractores dormidos, gallinas sueltas cruzando el andén como si el tren fuera un fenómeno secundario. En este escenario, el viajero empieza a comprender que la verdadera historia del país no se cuenta en los monumentos, sino en los detalles minúsculos que se repiten con humildad.
Y entonces aparece Baja. No con estridencia, sino con una presencia inesperadamente sensual. A orillas del Danubio, esta ciudad de apenas 35.000 habitantes tiene una vitalidad que sorprende al forastero. No es monumental ni altiva, pero posee una calidez que se impone por su simpleza.
Baja es una ciudad que se vive a pie, al ritmo de sus plazas, sus terrazas sombreadas y sus calles donde el pasado y el presente conviven sin conflicto.
El corazón de Baja, sin embargo, late a orillas del agua. Y no se trata del Danubio en sí —aunque lo bordea con elegancia— sino de su playa: la Sugovica, una tranquila rama del río que se ha convertido en un pequeño paraíso fluvial.
Allí, cada verano, los locales se reúnen para nadar, remar, descansar bajo los árboles o simplemente mirar el río como si fuera un espectáculo constante. No hay olas, ni glamour, ni necesidad de filtros: solo agua tibia, tierra blanda y la naturalidad con la que los húngaros del sur celebran el verano.
La Sugovica no es una playa con pretensión turística, y quizás por eso tiene tanto encanto. Los jóvenes llegan en bicicleta, los mayores llevan termos y sandías, los niños se zambullen sin horarios.
A pocos pasos, hay chiringuitos donde se fríen pescados del Danubio y se sirven cervezas frías sin necesidad de etiquetas. El viajero, aún con la piel de tren, siente que ha llegado a un lugar que no lo espera, pero lo recibe igual. Baja es eso: hospitalidad sin artificios.
Desde allí, el tren retoma su camino hacia el este. Kiskunfélegyháza, con su nombre interminable y su estación desproporcionadamente grande, marca el ingreso al país profundo, ese donde las bicicletas son más numerosas que los coches y donde el sol cae sin obstáculos sobre los campos.
Luego vendrá Szeged, la “ciudad del sol”, más animada, más universitaria, con sus avenidas elegantes y su arquitectura de ladrillo rojo que evoca cierta sofisticación austrohúngara.
Pero el viaje no termina allí. Aún queda Békéscsaba, ciudad tranquila y orgullosa, con su propia cadencia cultural, donde la influencia eslava se mezcla con la tradición húngara en el habla, la comida y la forma de estar. No es casual que aquí se celebre cada año el festival del chorizo casero (Csabai Kolbászfesztivál), un evento que reúne a productores, cocineros y vecinos de todo el país en una fiesta de sabores y afectos.
Así, el viaje que comenzó entre colinas verdes y castillos termina en la planicie oriental, después de pasar por ríos, playas de tierra, pueblos de nombres largos y ciudades que no buscan llamar la atención. Un viaje que no necesita justificación, porque lo que ofrece no es una sucesión de “atracciones”, sino una experiencia atmosférica: moverse, mirar, detenerse, cruzar el país no por sus vitrinas, sino por su pulso real.
Hungría, fuera de los circuitos turísticos clásicos, es un país que se deja descubrir en tren. Basta con mirar por la ventana y dejar que cada estación —cada pausa— cuente su parte de la historia.
#abretuventanaalmundo #ViajarEsHipervivir
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