НЕ ТОТ ПОЕЗД // Она едет в Сегед, Венгрия
Автор: Gustavo
Загружено: 2025-08-21
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El tren avanza con lentitud sobre la llanura húngara. Viene desde Baja, desde Kiskunfélegyháza, desde esos pueblos donde las estaciones se parecen más a patios domésticos que a terminales de paso. Afuera, el cielo está bajo.
Las nubes, cargadas de un gris uniforme, siguen al tren como si fueran parte del convoy. Una llovizna débil, persistente, empaña los bordes de la ventana. Todo parece más callado de lo habitual. En ese clima suspendido, aparece Szeged.
Llegar a la ciudad del sol —como se la llama usualmente— en un día nublado puede parecer una contradicción. Pero en realidad, el cielo gris le sienta bien.
La luz difusa revela otros matices: los ladrillos rojos se oscurecen, los tilos huelen más intensamente, y las aceras mojadas reflejan las torres de las iglesias con una nitidez que no se ve en los días claros. Szeged, bajo la llovizna, se vuelve más íntima, menos extrovertida, pero quizás más verdadera.
La estación central, elegante y contenida, recibe a los viajeros como una pausa más que como una bienvenida. La gente baja con abrigos livianos y paraguas prestados. Nadie corre.
Se camina en silencio, con esa familiaridad que la lluvia provoca cuando es tenue y persistente, como si todos compartieran un secreto momentáneo. Desde allí, el tranvía corta el paisaje mojado hasta el centro histórico, donde las calles amplias parecen hechas para resistir cualquier clima.
Szeged con lluvia se convierte en una ciudad de interiores. Cafeterías que huelen a chocolate caliente, librerías con lámparas tenues, salas de museo que parecen más grandes con menos visitantes. Los cafés alrededor de la Plaza Dóm, por lo general bulliciosos, se llenan de voces suaves y ventanas empañadas.
La plaza misma, imponente incluso sin sol, se vacía de turistas y se vuelve melancólica. Es fácil sentarse en uno de sus bancos cubiertos por castaños y escuchar el sonido mínimo de la llovizna sobre las hojas, sobre la piedra.
Pero aún así, Szeged no pierde su hospitalidad. El mercado central sigue vivo, el tranvía sigue sonando con su timbre breve, los estudiantes siguen cruzando en bicicleta bajo la llovizna.
Hay una belleza modesta en este sur húngaro cuando el clima no acompaña como se espera. Es otra forma de estar, más recogida, menos fotogénica, pero profundamente sentimental.
En los trenes que llegan desde Békéscsaba o se van hacia Szolnok, el ritmo es el mismo. Gente que sube y baja con paraguas cerrados, asientos húmedos junto a las ventanas, conversaciones que se apagan al sonido de la lluvia sobre el techo del vagón.
El viaje en tren por esta región no necesita sol para tener sentido. De hecho, el clima nublado obliga a mirar más de cerca, a entrar en los detalles que muchas veces se pierden con la luz brillante: los carteles escritos a mano, las cortinas bordadas, el vapor en el vidrio.
Szeged, en estos días grises, no es menos bella. Es más contemplativa. Uno no llega para ver, sino para quedarse un poco más quieto. Para entender que las ciudades también tienen estaciones internas. Y que no todo lugar cálido necesita cielo azul para mostrar su carácter. Aquí, bajo la lluvia leve, el sur se revela no como postal, sino como refugio.
Al partir, cuando el tren vuelve a moverse y los árboles mojados se alejan por la ventana, uno lleva consigo otra imagen de Hungría. Una imagen más lenta, más húmeda, más cercana. Y Szeged queda atrás como una estación de esas que no se olvidan no por lo que se ve, sino por lo que se siente internamente.#abretuventanaalmundo #ViajarEsHipervivir
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