Trabajo de espresión corporal. Lo que nunca fue, pero habitó en mi.
Автор: DIEGO G VALBUZZI
Загружено: 2025-12-16
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Se desarrolla la vida cotidiana de alumnos de un conservatorio que llegada la fecha de rendir mesas finales, están enloquecidos por la cantidad de contenido que deben estudiar y por lo exigidos que se sienten al no podes cumplir con todo. Estan en crisis buscando una solución, algo que los ayude a desconectar un poco de la vida de estudiante (estresada, con cargas horarias pesadas y muchas responsabilidades) para conectar con que el cuerpo desea expresar. Hay muchas cosas que reprimimos por darle lugar a la duda y dejar que las miradas externas nos juzguen. Estos jóvenes muestran como desean expresar lo que ocurre y camina debajo de su piel, mientras estan agobiados preparando exámenes. Vamos a observar como las texturas entran en juego y acompañados de música NO RELAJANTE, sus cuerpos se mueven sin patrones pautados, contando que se puede callar lo externo para darle voz a lo interno. A las emociones, al corazón.
Hay hilos invisibles que nos atraviesan,
delicados y antiguos, como raíces que no se cansan de buscar la tierra.
Nos sostienen en silencio, incluso cuando creemos haber caído.
No se ven, pero vibran.
No se nombran, pero responden.
Son las cuerdas que afinan el cuerpo con la melodía del tiempo,
ese tiempo que no se mide en horas,
sino en gestos, en latidos, en respiraciones que nunca fueron solo nuestras.
Cada movimiento es una oración sin idioma.
Cada respiración, un diálogo con algo que nos excede.
Cuando el mundo nos toca, no es la piel quien despierta primero:
es esa red secreta que escucha por debajo del ruido,
que reconoce en el aire un eco familiar,
una llamada que viene desde lo más hondo del origen.
Hay un temblor que no pertenece al presente.
Una memoria que el cuerpo guarda en su carne más silenciosa,
como si recordara el roce de una caricia que ya no existe,
o el peso leve de un abrazo que aún sigue esperándonos en alguna otra vida.
La nostalgia no siempre tiene rostro;
a veces solo es un impulso que empuja al pecho a moverse,
a seguir danzando incluso cuando no queda música.
El cuerpo sabe cosas que la mente ha olvidado.
Sabe dónde duele el pasado,
dónde la alegría se esconde sin pedir permiso,
dónde la soledad se curva y se transforma en descanso.
En cada gesto hay un mapa secreto:
una geografía de emociones que no necesitan palabra.
Son las coordenadas de lo humano,
dibujadas en la carne como constelaciones que se iluminan al moverse.
Y aun con los ojos cerrados sabemos dónde estamos.
Porque lo profundo nos orienta desde adentro,
trazando un mapa que se expande con cada exhalación.
Es el cuerpo quien recuerda, no la mente.
Es el cuerpo quien sabe volver, incluso desde la oscuridad.
Hay instantes en que todo se detiene —
el aire, la luz, el pensamiento.
Y en esa pausa, algo nos reconoce.
Es el eco del mundo llamando a través de nosotros,
como si el universo respirara con nuestro mismo pecho.
Y entendemos, por un segundo,
que no somos individuos aislados,
sino el mismo pulso extendiéndose a través de miles de cuerpos,
de millones de historias tejidas con la misma vibración.
Somos resonancia y eco,
frontera difusa entre lo que viene de afuera y lo que nace adentro.
Lo externo se disuelve en nosotros,
y lo interno busca salir,
como raíces que atraviesan la tierra en busca de un poco de luz.
Somos fibras que se tensan, se rinden, se recuerdan.
Somos campos que respiran, cuerpos que se abren,
presencias que se reconocen en el roce más mínimo,
en el temblor de un gesto, en el silencio compartido.
Y quizás —solo quizás— la vida no sea más que eso:
un tejido secreto que se mueve con cada uno de nuestros pasos.
Un hilo antiguo que nos enlaza al todo,
que guarda las huellas de lo amado,
de lo perdido,
de lo que aún late.
Un recordatorio de que existimos incluso en la penumbra,
de que el vacío también respira,
de que el movimiento es la forma que tiene la memoria de no morir.
Porque estamos hechos de vibración y de ausencia,
de materia y de aliento,
de encuentro y de despedida.
Somos el eco que se niega a apagarse.
Somos la cuerda invisible que une la vida al misterio.
Somos el silencio…
que sigue vibrando eternamente.
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