El Buen Samaritano (Misa domingo P Alberto Linero, Lc 10,25-37. 7/3/16)
Автор: Evangelizar Bautizados
Загружено: 2016-07-10
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Tanto en la lectura del Antiguo Testamento que se lee en la misa de este domingo, como en el Evangelio de San Lucas, Dios nos revela cual debe ser para nosotros la razón de nuestra existencia. Para que creo Dios al hombre. Para que fuimos puestos en la tierra: Para amar a Dios sobre todas las cosas.
La pregunta que hace el Maestro de la Ley a Jesús es vital. No le pregunta por algo que solo es bueno o conveniente. Le pregunta ¿que es lo que debemos hacer para conseguir la vida eterna?.
Porque amar a Dios no es simplemente algo muy importante para el hombre.
¡Es lo único que importa!.
Aquello para lo que fue creado.
Aquello en lo que alcanza su felicidad y plenitud.
Al reflexionar sobre la forma de amar a Dios, Santo Tomás dice que el principio del amor es doble, ya que se puede amar a Dios tanto con el sentimiento como por lo que nos dice la razón. Nosotros tenemos que amar a Dios con el mismo afecto con que queremos a nuestros padres o a nuestros hijos, con el único corazón que tenemos. Así amó también Jesús al Padre.
Pero a veces pasa que estamos fríos y sin ganas. Que al momento de rezar, o de participar de la misa, no sentimos nada. No podemos entonces conformarnos con seguir al Señor de mala ganas, ni mucho menos, de abandonarlo. Tenemos que amar a Dios con una voluntad firme y pedir en forma insistente su ayuda para que se vuelva a encender en nosotros nuestro corazón.
Cuando el maestro de la Ley responde a Jesús sobre cuál es el primer mandamiento de la ley, el Señor le dice que ha respondido bien, que haga eso, y vivirá.
Es como si le dijera: conoces bien lo que debes hacer para salvarte: pero no te basta este conocimiento teórico para llegar a la salvación, sino que es necesario que viva lo que conoce.
Podemos hoy preguntarnos ¿que querrá decir: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente.
Ama a Dios con todo el corazón el que no reserva nada para sí, sino que todo lo entrega a Dios, al amor de Dios, aunque para ello deba sacrificar sus propios gustos e intereses.
Ama a Dios con toda su alma el que en todos los actos de su vida tiene el amor de dios como causa y explicación, que todo lo hace con amor y por amor.
Ama a Dios con todas sus fuerzas el que solo busca agradar a Dios, evitando por el contrario todo lo que lo aparte de sus caminos.
El amor de Dios exige suprimir toda idolatría. Los antiguos paganos tenían muchos ídolos a los que adoraban de distintas formas. Pero hoy también nosotros levantamos ídolos modernos, mejor construidos y más refinados, a los que los adoramos de una forma más sutil y encubierta. Nos rendimos ante todo el progreso que nos proporciona más bienestar material, más placer, más comodidad, dejando de lado la parte espiritual del hombre.
San Pablo, en su carta a los Filipenses les dice: “su Dios es el vientre, y su gloria la propia vergüenza, porque ponen el corazón en las cosas terrenas”. Y estas palabras parece que no han perdido vigencia. Es la idolatría moderna, que se olvida de la fe y del amor a Dios.-
El maestro de la Ley esperaba que le asignaran los límites exactos de su deber. Por eso pregunta: ¿Quién es mi prójimo? ¿A quién tenía que atender? ¿A los de su familia?, ¿a los hermanos de raza?, ¿a otros, tal vez?
Es significativo que Jesús concluye su relato con otra pregunta diferente de la primera: ¿Cuál de estos tres fue el prójimo? Es como si dijera: No calcules para saber quién es tu prójimo, sino déjate llevar por el llamado que sientes en ti y hazte prójimo, próximo a tu hermano que te necesita. Mientras consideremos la Ley del amor como una obligación, no será ese el amor que Dios quiere.
El amor no consiste solamente en conmoverse ante la miseria del otro. Es de destacar cómo el samaritano se detuvo a pesar de lo peligroso que era aquel lugar, pagó y se comprometió a costear todo lo que fuera necesario. Más que «hacer una caridad», se arriesgó sin reserva ni cálculo, y esto con un desconocido.
Pidamos a María que guiados por su hijo Jesús, recorramos nuestra vida amando a Dios sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo, como a nosotros mismos.
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