Luis Szaran – SINFONÍA DE CÁMARA (Tríptico Barrettiano) (1983) Los niños Tristes (II)
Автор: Luis Szaran
Загружено: 2026-01-26
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Compuesta en1983 y basada en textos de Rafael Barrett (El pombero, Los niños tristes y Rincón de selva). Intérpretes: Orquesta Nacional de Cámara del Uruguay. Director: Luis Szaran (1983) Comentarios críticos: Asunción (ABC color 28-09-83) “es pura música sin palabras, música evocativa en términos puramente musicales. Merece no solo muchas realizaciones sino grabaciones para que sea conocida en el mundo exterior” (Clemente McNaspy S.J.) Asunción (ABC color 20-09-83) “La sinfonía de Szarán es grande por la sublimada expresión que hace de nuestros sentimientos nacionales. De las obras nacionales del género, que conozco, la suya es la más elaborada y la de más alto logro” (Carlos A. Levi Rufinelli)
LOS NIÑOS TRISTES
Rafael Barrett
Era en la plaza de un pueblo - cualquier pueblo de la campaña -
El día era hermoso; un sol radiante, una ligera brisa que refrescaba la piel acariciándola.
Dieron las once y se abrieron las puertas de la escuela y salieron los niños. Los había de diversas edades: algunos hacía poco que sabían andar, otros parecían hombrecitos. Eran muchos. Iban en pequeños grupos: la mayor parte por parejas; unos pocos descarriados.
Habían pasado tres horas sentados, inmóviles, mortificándose con las estupideces severas de los libros de texto. Salían silenciosos, cabizbajos.
No corrían, no saltaban, no jugaban, no hacían ninguna diablura. El césped suave, amplio, no les sugerían ninguna cabriola, ninguna carrera feliz de animales jóvenes. La campaña. La campana de la iglesia dejaba colgar la cuerda hasta el suelo. Ninguno tocó la campana. Estaban serios. Estaban tristes.
Tristes...Y tristes todos los días. Desde aquella mañana me he fijado en los niños paraguayos, niños graves que no ríen ni lloran. ¿Habéis visto llorar a los niños dichosos? Llanto bullicioso, trompeteo potente, llanto a medias fingido, deliciosamente despótico, que adivina los exagerados mimos de la madre y los exige y sabe que triunfa y es mitad llanto y mitad carcajada, grito de salud que regocija. Me consolaría oír ese llanto en los del campo, en vez de fúnebre silencio.
Aquí los niños no lloran: gimen o se lamentan. No ríen, sonríen.
¡Y con qué sabia expresión! La amargura de la vida ha pasado ya por esos rostros que no han empezado a vivir. Estos niños han nacido viejos.
Han heredado el desdén y el escepticismo resignado de tantas generaciones defraudadas y oprimidas. Comienzan la existencia con el gesto fatigado de los que inútilmente la concluyen.
Podemos medir el abatimiento de la masa campesina, la carga inmemorial de lágrimas y de sangre que en su alma pesa, por este hecho formidable: los niños están tristes. La presión de la desdicha nacional ha destrozado el misterio mecanismo que renueva los seres, ha mancillado y falseado el amor. Los espectros del desastre de la guerra, y del desastre de la paz, la tiranía, han seguido a los amantes solitarios, y les han empeñado los besos con su lúgubre sombra. Se han poseído los esposos en desconfianza y en la ruina; no han temblado solamente de pasión. La voluptuosidad ha quedado impregnada de un recelo indestructible y aciago; la antorcha del inmortal deseo conserva reflejos de hoguera funeraria y por instantes parece símbolo de destrucción y de muerte. La obra parricida de los que esclavizaron el país ha herido la carne de la patria en lo más íntimo, vital y sagrado: en el seco. Ha atentado a las madres, ha condenado a los hijos que aún no nacieron. ¡Como extrañarnos de que los niños, la flor de la raza, no abran sus pétalos a la luz u a la alegría! El árbol está desgarrado en sus mismas raíces.
¡Pobres niños inertes! Causa pena mirar sus cándidos ojos, donde no hay curiosidad. No les importa el mundo. Taciturnos y pasivos como sus padres, dejan pasar las cosas que suelen ser crueles. ¿Para qué interesarse por nada? Poseen de antemano la melancólica sabiduría. Corren por sus venas inocentes algunas gotas de ese acre jugo que extraemos, a la larga, por toda filosofía, de la realidad injusta. Nada han probado aún y se diría que nada esperan ya.
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