LA SANTIDAD Y LA PERDICIÓN DEL ALMA SEGÚN PAVEL FLORENSKY _ 57
Автор: RONY AKIKI
Загружено: 2014-08-17
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«La santidad es una percepción preliminar de esta libertad propia, mientras que el pecado es una servidumbre preliminar a sí mismo. “Donde está vuestro tesoro, ahí estará también vuestro corazón”: donde se encuentra lo que consideráis como precioso, ahí también estará vuestra conciencia de vosotros mismos, vuestro “para sí”. Si el tesoro del yo no consiste en crearse a sí mismo por su propia actividad conforme a lo divino, si se ha apegado, no a su propia imagen de Dios en Cristo, sino a lo que es relativo, limitado, finito y, por tanto, ciego, por este hecho mismo se ha vuelto ciego, se ha privado de su libertad, se ha hecho esclavo de sí mismo y, así, ha anticipado el Juicio Final. El “para sí” de la persona está vuelto hacia la no- libertad, hacia una autoafirmación ciega del yo; un “deseo obstinado, sombrío e insuperable” se ha apropiado enteramente de la persona; su energía creadora, su imagen de Dios, no le son ya necesarias, porque el “para sí” ha caído del dominio del “sí mismo”, del de la libertad sobre-empírica, para encadenarse en la sujeción a lo empírico. De aquí el estado de epoché, como imposibilidad de salir de la empiría. Y cuanto más se esfuerza el yo en satisfacer su ciego deseo, su pasión insensata y limitada, que se afirma a sí misma como infinita, más ardiente se vuelve la sed interna, más se eleva la cólera orgullosa en su furor: el yo no es dado a sí mismo más que empíricamente, más que ciegamente, en su finitud; por consiguiente, esta tendencia que él tiene de satisfacer en lo finito su deseo infinito es absurda por esencia».
De este modo, la gehenna es la culminación de la orientación del corazón, y con él, de la concepción de la vida, no hacia la Verdad viviente, sino hacia el ídolo de la propia autoidentidad vacía:
«Sucede lo mismo con todo deseo concupiscente que se sustituye a la Afirmación de la Verdad; el ideal, es decir, el deseo de infinito, cuando es proyectado sobre lo finito, crea un ídolo; y éste causa la perdición del alma, separando al hombre “sí mismo” de su conciencia de sí y privándolo de este modo de la libertad. La división definitiva, última y sin retorno es el Juicio Final por el advenimiento del Espíritu, cuando todo lo que no haya situado su tesoro en Él será privado de su corazón; porque un tal corazón no tendrá sitio en el ser: todo lo que no es de Dios, lo que “no atesora en Dios”, está destinado a ser la presa de “la muerte segunda” .
Y llega con ello a recibir para siempre aquello que, en el límite, su libertad pecadora deseaba, ser como (homoi-ousios) Dios:
«Tal es la gehenna: todo y la única realidad en la conciencia personal, y nada en la conciencia de Dios y en la de los justos. (...) No hay piedad por aquello que, según la naturaleza de las cosas, no es accesible en nada a la percepción de nadie. La aseidad ha recibido lo que quería, y lo que sigue queriendo: ser una especie de absoluto, ser independiente de Dios, afirmándose a sí misma contra Dios. Esta independencia, esta libertad absolutamente negativa del egoísmo, le son concedidas. A partir de ahora, fuera de sí misma, ni Dios ni nada tendrán efecto sobre ella. Ha llegado a ser “como Dios”. Pero, como no tiene poder creador (toda creación está en Dios y solamente en Dios) se esclaviza a sí misma en su contenido contingente, está poseída por la finitud».
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