Antonio Machado "A un olmo seco"
Автор: topeganso
Загружено: 2025-12-25
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En la primavera de 1912, Antonio Machado caminaba por las riberas del Duero llevando en el pecho un peso invisible: Leonor, su joven esposa, agonizaba de tuberculosis. Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en un olmo viejo, casi cadáver, hendido por el rayo y carcomido por los años. Y sin embargo, contra toda lógica, contra toda esperanza razonable, aquel tronco moribundo había brotado unas pocas hojas verdes con las lluvias de abril. De ese encuentro nació uno de los poemas más desgarradores de la literatura española.
"A un olmo seco" es, antes que nada, un grito ahogado. Machado describe al árbol con una minuciosidad casi clínica: el corazón podrido, las ramas centenarias, el polvo y la podredumbre. No hay compasión en esa mirada inicial, solo la constatación brutal de la decadencia. El poeta cataloga la muerte como quien hace inventario de una ruina, acumulando adjetivos que pesan como losas: "podrido", "polvoriento", "amarillentas". Cada palabra es un paso más hacia el abismo.
Y entonces, el quiebre. Como un relámpago de luz en medio de la oscuridad: "algunas hojas verdes le han salido". No muchas, no un renacer glorioso, sino apenas un gesto, una insinuación de vida. Pero suficiente. Suficiente para que el corazón del poeta, que había estado conteniendo el aliento, se permita una exhalación de esperanza.
El olmo es, por supuesto, Leonor. Es su cuerpo frágil consumiéndose, es la juventud truncada, es el amor que Machado ve morir cada día. Pero el olmo es también más que Leonor: es cada uno de nosotros enfrentados a la certeza de la pérdida, buscando desesperadamente una señal, un indicio de que lo imposible todavía puede ocurrir. El olmo es la condición humana aferrada a la vida cuando ya no quedan razones lógicas para hacerlo.
Lo extraordinario del poema es su honestidad brutal. Machado no se engaña. Sabe que el olmo será derribado, talado para hacer "melenas de campana" o convertido en leña para el hogar de algún pobre. Enumera con precisión quirúrgica los destinos probables de ese tronco: herramientas, yugos de carreta, lanzas de carro. La muerte no es una posibilidad abstracta, sino una lista concreta de usos futuros. El poeta conoce el final de la historia, y aun así elige escribir sobre las hojas verdes.
Hay algo profundamente conmovedor en ese "quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida". Machado no dice "celebraré tu recuperación" ni "cantaré tu victoria sobre la muerte". Dice simplemente: quiero apuntar esto, quiero guardar memoria de este momento en que, contra todo pronóstico, hubo belleza. Es el gesto de quien sabe que está escribiendo no para el futuro, sino contra el olvido. Es la voluntad de fijar lo efímero antes de que desaparezca para siempre.
El final del poema es un acto de fe desesperada: "Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera". No dice "mi corazón cree" ni "mi corazón confía". Dice "espera". Y esa diferencia es abismal. Esperar no requiere certeza, solo voluntad. Es elegir la esperanza como postura vital, no como convicción racional. Machado está diciendo: sé que probablemente no ocurrirá, sé que la muerte vendrá de todas formas, pero elijo esperar el milagro porque esa esperanza es lo único que me mantiene en pie.
Leonor murió pocos meses después, el 1 de agosto de 1912. El olmo también debió morir, talado o caído, convertido en alguno de esos destinos prosaicos que el poeta había enumerado. Pero las hojas verdes quedaron registradas para siempre en el poema, suspendidas en ese instante imposible entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la resignación.
"A un olmo seco" no es un poema sobre la victoria de la vida sobre la muerte. Es, más honestamente, un poema sobre la necesidad humana de creer en esa victoria incluso cuando todo indica lo contrario. Es sobre ese momento en que miramos el abismo y, en lugar de cerrar los ojos, decidimos buscar una hoja verde en medio de la devastación. No porque seamos ingenuos, sino precisamente porque no lo somos. Porque sabemos que el milagro probablemente no ocurrirá, y elegimos esperarlo de todas formas.
Esa es, quizás, la lección más hermosa y terrible del poema: la esperanza no es una cuestión de probabilidades, sino de dignidad. Esperar el milagro cuando todo está perdido no es una debilidad, es un acto de resistencia. Es la afirmación última de nuestra humanidad frente a la certeza de la muerte. Machado lo entendió ese día junto al Duero, mirando un olmo viejo que se negaba a morir del todo. Y lo escribió para que nosotros, más de un siglo después, pudiéramos entenderlo también.
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