SECUENCIA 1: El festín de la loba (1972), de Francisco del Villar con Isela Vega.
Автор: Acervo público del cine hecho en México, A.C.
Загружено: 2025-11-15
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Que pueda verse El festín de la loba este proximo 24 de diciembre a las 18:30 hrs en el canal de YouTube del Acervo Fílmico del Cine Mexicano A.C. no es una curiosidad cinéfila, es la prueba material de que la continuidad del cine mexicano ya no la sostienen las instituciones del Estado ni la burguesía cultural que se proclamó guardian del “patrimonio”. Cineteca Nacional, Filmoteca de la UNAM y los grandes festivales nunca localizaron ni restituyeron esta película de Isela Vega y Francisco del Villar, producida en 1972 expulsada del circuito institucional; quien lo hizo fue un archivo popular que no depende de sus presupuestos, tras recuperar una copia que un migrante mantuvo décadas en un garaje en California y por la que ninguna institución estuvo dispuesta a pagar.
Que su primera exhibición suceda en un canal abierto de YouTube mientras esas instancias concentran su infraestructura en estrenos corporativos y rituales de prestigio muestra que la legitimidad cultural no se mide por sellos oficiales, sino por la capacidad de rescatar y devolver las obras a quienes les corresponden. La preservación del cine hecho en México no fracasa por falta de presupuesto, sino por intereses de clase: lo que se pierde no es sólo cine sino la obligación de resguardar las imágenes que incomodan al orden pues el cine forma parte de la maquinaria, primero como aparato del Estado que usa la producción “nacional” como carta diplomática y mecanismo de cohesión subordinado a oligopolios de exhibición y a festivales que traducen en prestigio lo que conviene a esa estructura.
En ese marco, un ejemplo es el Festival Internacional de Cine de Morelia que no es espacio público, sino propiedad privada del grupo que controla buena parte de las salas del país, prolongación “culta” de ese oligopolio. A escala imperial, los grandes festivales europeos ordenan el mapa del cine periférico al decidir qué obras son aceptables y los festivales nacionales subordinados, como Morelia, adoptan ese gusto como criterio de legitimidad y se venden como “puente”. Cineteca y Filmoteca completan el circuito: sirven como argumentos de legitimidad estatal pero se subordinan al duopolio exhibidor, a las plataformas de stream y al prestigio internacional, orientando salas y restauraciones hacia lo que produce prestigio y no hacia lo imprescindible para la historia del país, con la complicidad de una crítica acomodada que se calla cuando el patrón paga lealtad.
El modelo se vuelve nítido al mirar el videohome y las copias que viajaron con migrantes: una producción marginal, sin subsidios, que circuló fuera del circuito oficial, registró la vida cotidiana de una clase excluida y, al cruzar la frontera, se volvió archivo plebeyo y luego mercancía de colección nunca reclamada por instituciones ni crítica profesional. Ahí se ubica el conflicto que este acervo popular vuelve visible: pagar para recuperar un Betamax e impedir que quede como tesoro privado es intervenir contra el abandono institucional y la privatización de los restos del cine mexicano. Digitalizar esa copia y ponerla en un canal abierto rompe la cadena que separaba esas obras del público y evidencia que las instituciones fueron eficaces para estrenos corporativos e ineficaces —por decisión— para restituir las obras incómodas o marginales.
En estas condiciones, la distinción jurídica entre “público” y “privado” pierde sentido material: lo decisivo no es la titularidad formal de la sala o del archivo, sino quién define su uso, qué cine circula y bajo qué condiciones de acceso. Si las filmotecas restauran lo que produce prestigio internacional y no lo crucial para la memoria del país, actúan como competidoras del mercado del prestigio; si los festivales reparten recursos y visibilidad como recompensa a la obediencia, funcionan como instrumentos de disciplina de clase, de modo que cine, archivos y festivales operan como engranajes de reproducción de obediencia y de naturalización de la desigualdad.
Un archivo popular que rescata y exhibe películas expulsadas desplaza el centro de gravedad donde se decide si el cine mexicano es herramienta de conocimiento y se disputa quién controla el pasado, el presente y el futuro audiovisual.
El canal del Acervo Fílmico del Cine Mexicano en YouTube asume esa tarea: arma curadurías, recompone filmografías y devuelve contexto a lo borrado por el canon, sin esperar nada del duopolio ni del gobierno. Así, este acervo demuestra que la función pública de la cultura puede sostenerse fuera del Estado capturado y de la burguesía cultural al hacer lo que las instituciones públicas dejaron de hacer: restituir el cine como bien común y herramienta de comprensión histórica. El festín de la loba reaparece no por decisión del duopolio ni por gesto de política pública, sino por el empeño de este acervo que afirma que el cine pertenece a las mayorías que lo produjeron y lo necesitan. Ahí se juega quién tiene hoy en sus manos las películas que el país estuvo a punto de perder.
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