P. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP Homilia cotidiana – I Domingo de Cuaresma 22 de febrero de 2026
Автор: Eliseo el Profeta de este Siglo
Загружено: 2026-02-22
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Homilía cotidiana – I Domingo de Cuaresma
22 de febrero de 2026
Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
Salmo 51 (50)
R. Misericordia, Señor, hemos pecado.
Romanos 5, 12-19
Mateo 4, 1-11
P. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Hermanas y hermanos:
La Cuaresma comienza siempre con una escena exigente: el desierto.
No es un lugar cómodo, pero sí verdadero.
Allí no hay distracciones, no hay aplausos, no hay máscaras.
En el desierto se revela quién soy… y a quién pertenezco.
La antífona de entrada nos dio la clave desde el inicio:
«Me invocará y yo lo escucharé; lo libraré y lo glorificaré» (Sal 90,15).
No empezamos la Cuaresma confiando en nuestras fuerzas, sino en la fidelidad de Dios.
Él escucha. Él libra. Él sostiene.
1. La primera tentación: desconfiar de Dios
La primera lectura nos lleva al jardín del Edén. Todo parecía perfecto. Todo era don.
Pero la serpiente introduce una duda sutil y venenosa:
«¿Conque Dios les ha prohibido…?» (Gn 3,1).
La tentación no comienza con el pecado, sino con la desconfianza.
Adán y Eva dejan de creer que Dios es bueno y empiezan a sospechar que Dios les quita algo.
El pecado nace cuando pensamos que obedecer a Dios nos empobrece,
cuando creemos que Dios es un rival y no un Padre bueno que nos ama y solo desea nuestro bien.
Por eso el salmo pone en nuestros labios palabras de verdad:
«Reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados» (Sal 50,5).
La Cuaresma no es tiempo de excusas, sino de verdad.
No es tiempo de escondernos como Adán, sino de clamar con humildad a nuestro Buen Dios:
«Crea en mí, Señor, un corazón puro» (Sal 50,12).
2. Cristo entra en nuestro desierto
El Evangelio nos muestra algo decisivo: Jesús entra voluntariamente al desierto.
No huye del combate, ni evita la prueba.
El Espíritu lo conduce (cf. Mt 4,1).
Allí donde nosotros caímos, Él permanece fiel.
El tentador le propone tres atajos:
• Pan sin obediencia,
• Milagro sin confianza,
• Poder sin cruz.
Pero Jesús responde siempre con la Palabra de Dios:
«No sólo de pan vive el hombre» (Mt 4,4).
«No tentarás al Señor, tu Dios» (Mt 4,7).
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo servirás» (Mt 4,10).
Jesús no discute con el mal: lo desenmascara con la Palabra, lo confronta con la Sagrada Escritura.
Donde Adán desobedeció, Cristo obedece. Donde el hombre cayó, Cristo permanece firme.
Por eso san Pablo proclama con fuerza:
«El don de Dios supera con mucho al delito» (Rom 5,15).
El pecado no tiene la última palabra.
La gracia es más grande.
La obediencia de Cristo es más fuerte que nuestra desobediencia.
3. ¿Qué significa esto para nosotros?
La Cuaresma no es una dieta espiritual ni un simple esfuerzo moral.
Es volver a elegir. Elegir a quién escucho. Elegir a quién sirvo. Elegir en quién confío.
Hoy el Señor nos pregunta, como en el desierto:
• ¿De qué pan estás viviendo?
• ¿De qué voces te alimentas?
• ¿A quién estás adorando en la práctica de tu vida?
La Iglesia pone en nuestros labios una súplica sencilla y poderosa, usando las palabras del salmista:
«Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 50,14).
No pedimos perfección; pedimos misericordia.
No pedimos huir del combate; pedimos permanecer con Cristo.
Hermanas y hermanos, al comenzar esta Cuaresma no tengamos miedo del desierto. Allí Dios habla al corazón (cf. Os 2,16).
Allí se purifican los deseos. Allí se aprende a decir, con Jesús:
«Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo servirás».
Que esta Eucaristía nos conceda la gracia de caminar con un corazón humilde, confiado y convertido, hasta la Pascua del Señor. Amén.
Oración y bendición final
Señor Dios, Padre bueno y fiel,
tú nos has conducido una vez más al desierto santo de la Cuaresma,
no para perdernos, sino para reencontrarnos contigo.
Reconocemos delante de ti nuestra fragilidad,
nuestras caídas,
nuestras desconfianzas,
y te suplicamos con humildad:
crea en nosotros un corazón puro
y renuévanos con tu Espíritu.
Concédenos la gracia de vivir este tiempo
no desde el miedo, sino desde la confianza;
no desde la autosuficiencia, sino desde la fe;
no buscando atajos, sino caminando con tu Hijo,
que venció la tentación con la obediencia y el amor.
Que alimentados por esta Eucaristía,
aprendamos a vivir no sólo de pan,
sino de toda palabra que sale de tu boca;
que sepamos adorarte sólo a ti
y servirte en nuestros hermanos,
especialmente en los más pobres y necesitados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Bendición
El Señor esté con ustedes.
—Y con tu espíritu.
Que Dios todopoderoso los bendiga y los guarde en este camino cuaresmal;
que los libre del mal y fortalezca su fe en la prueba;
que los conduzca por el desierto de la vida con su Palabra y su Espíritu,
y los haga llegar con un corazón renovado a la alegría de la Pascua.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.
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