"Creí que me esperarías", confesó el barón… pero ella ya estaba prometida
Автор: Ecos de la Era Dorada
Загружено: 2026-02-18
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Historia ficticia ambientada en la Inglaterra del siglo XIX.
Leonora Vexley no era el tipo de mujer que lloraba frente a desconocidos.
Había aprendido eso desde pequeña, en una casa donde las lágrimas eran consideradas una inconveniencia, y la dignidad, la única herencia que nadie podía quitarte. Era hija de un caballero de provincia que había amado demasiado el juego y demasiado poco el juicio, y eso, en la Inglaterra de mil ochocientos cuarenta y dos, era una sentencia sin apelación.
Tenía el cabello oscuro, casi negro bajo la luz de las velas, y unos ojos color avellana que veían más de lo que decían. No era extraordinariamente bella según los cánones de la temporada londinense, pero había algo en ella que hacía que la gente se detuviera un segundo más de lo necesario: una presencia tranquila, como la de alguien que ha decidido no huir aunque el mundo entero le esté diciendo que corra.
Esa mañana de octubre, sin embargo, incluso Leonora sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
Estaba sentada en el estudio de Worthgate Manor, la antigua residencia familiar que ya no pertenecía a su familia desde hacía exactamente cuarenta y ocho horas. Las paredes seguían siendo las mismas, los retratos de sus abuelos continuaban mirándola desde sus marcos dorados, pero algo fundamental había cambiado en el aire. Era como respirar dentro de una habitación que ya pertenecía a otra persona. El abogado, un hombre de nombre Percival Growe, con dedos largos y voz nasal que parecía diseñada específicamente para entregar malas noticias, le había explicado todo con la frialdad de quien entrega una cuenta de restaurante.
Su padre había muerto tres semanas antes, dejando detrás de sí una fortuna en deudas y un nombre enredado en un contrato que Leonora nunca había visto firmado.
El contrato era simple, en apariencia. Veinte años atrás, cuando Leonora aún no había nacido, su padre había recibido un préstamo considerable de la casa Stormhaven, uno de los ducados más poderosos del norte de Inglaterra. El acuerdo original había sido presentado como un gesto de buena voluntad entre familias conocidas, casi una formalidad entre caballeros. Pero los caballeros, Leonora lo sabía bien, eran perfectamente capaces de enterrar los detalles más inconvenientes en las páginas centrales de un documento largo.
El detalle enterrado era este: en caso de que el señor Vexley falleciera sin haber saldado la deuda, su heredera principal quedaría legalmente vinculada a la familia Stormhaven como garantía de resolución.
La resolución, según el señor Growe, podía tomar dos formas.
La primera: Leonora entregaba Worthgate Manor, la casa de campo en Yorkshire, y los pocos fondos restantes que quedaban en el nombre Vexley. Eso la dejaría, a sus veintitrés años, sin hogar, sin dote, sin nombre útil y sin posibilidad real de un futuro digno en la sociedad inglesa. Una mujer sin recursos en ese siglo no era simplemente pobre. Era invisible.
La segunda opción: aceptar una propuesta de matrimonio del actual Duque de Hartleigh, Elias Stormhaven, heredero del ducado y último representante de esa línea familiar.
El señor Growe la miró por encima de sus anteojos redondos como si esperara que ella preguntara algo urgente, algo dramático, algo que justificara la gravedad del momento. Leonora no preguntó nada durante varios segundos. Simplemente mantuvo las manos quietas sobre su falda de lana gris, respiró de manera controlada, y dejó que la información se acomodara dentro de ella como piedras cayendo al fondo de un pozo oscuro.
— ¿El Duque está al tanto de esta propuesta? — preguntó finalmente, con voz completamente neutral.
— Fue él quien la formuló, señorita Vexley.
Silencio...
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